Llegué al Pico del Águila la tarde
del día de mi cumpleaños treintayonce.
Vine por una manda-paseo-peregrinación.
No se para qué me trepo a una montaña,
pero puedo explicarlo así:
capturé un demonio.
Llámalo compulsión, malhábito,
vicio.
Una comezón irrascable que di por
desaparecida hace años.
Creí que había resultado bien el
exorcismo
(llámalo terapia, disciplina o
medicina),
y que me lo encuentro como si nada un
día.
Sentado en mi cabeza, fumando y
burlándose de mi.
Soy un drogadicto, doctor,
necesito mis sustancias para lubricar
la realidad
y que no me irrite al pasar por mi
cuello.
Sustancias para liberar de angustia a
la agenda,
para arrancarle a la chequera su
ideación suicida,
para que el caos del universo no me
parezca tan confuso
o no me importe.
Desperté antes del amanecer con una
señora casada
que me dijo que era su aniversario de
bodas.
Felicíteme a su marido, le dije.
Recibí mi cumpleaños en el traje de
piel
que me regaló mi mami cuando nací.
Es de buena suerte, me dijo mi novia
más principal
que se levantó a bañarse conmigo,
aunque no le hace falta:
ella no se ensucia.
Mi novia es tan sabrosa que suda aceite
de oliva.
Antes de irme me pasé a despedir de mi
esposa,
que antes de dormirse otro ratito me
dijo,
te regalo esa montaña y todo lo que
veas desde allá arriba.
Esposa tramposa: no se puede regalar un
regalo:
yo ya te había regalado la luna.
Convoqué canchanchanes.
Malandros, grité,
vengan a jugar con mi regalo de
cumpleaños.
No llegó nadie a la cita. Chale, me
dije.
Odio mi cumpleaños y mi cumpleaños me
odia, pensé.
En algún rincón de mi cabeza se burló
mi demonio.
Todavía estaba oscuro cuando empecé
el camino,
atribuyendo todo pensamiento negativo
al diablo preso
que sabe que será abandonado allá
arriba.
El sol salió antes de que se
escondiera la luna llena.
Parado en Santo Domingo me pareció una
escena de romance,
la luna y el sol a cada lado del
horizonte.
En lo que estaba mirando me alcanzó mi
amigo Marco en lo alto de la loma de la av. Aztecas.
Acompañado cruzamos el Pedregal ya con
luz de día y atacamos la despiadada subida de la carretera Picacho –
Ajusco.
2 horas más o menos tardamos en
atravesar los dolorosos 18 kilómetros y medio hasta llegar al
abrevadero.
Desayunamos. Entraron llamadas para
felicitarme. Me dijeron: disfruta tu montaña. Ese es mi regalo, qué
curioso. Un tiempo para mi solo.
Después del desayuno se me antoja un
cigarro. Se que es mi demonio, pero lo dejo salir. Le concedo su
capricho, como al condenado. De inmediato vuelven los pensamientos
negativos:
hace 1 semana asaltaron a un grupo
grande de alpinistas rumbo al Pico del Águila. No tiene sentido, no
vale la pena, es muy arriesgado.
Cierro los ojos respiro, y un paso tras
otro, empiezo a caminar para arriba.
Escucho mi respiración, mis pulmones y
los sonidos del bosque.
Venir con Marco, que es biólogo, es
como venir con guía de turistas: lee la altura por las plantas.
Describe sus propiedades y su antigüedad. Habla con sabiduría sobre
el sistema organizativo del musgo.
Conforme ascendemos por el costado de
la montaña vamos quedando rodeados de sobrevivientes: flores de las
nieves, helechos, pinos.
A 20 minutos de la cima Marco se
detiene y dice que está cansado, pero yo no le creo.
Creo que quiere dejarme solo con mi
demonio. Dice que sus zapatos son muy resbalosos para el último
tramo. Que comienza el descenso. Que nos vemos abajo.
Le doy las llaves de la cadena para que
no tenga que esperarme cuando llegue abajo. Sigue el borde del
barranco, le dije.
Y seguí.
La última parte es más rocosa. Se
usan pies y manos.
El aire es más tenue y se respira más
rápido.
Sofocado, empapado en sudor pese al
viento helado,
pronto estuve en lo más alto del Pico
del Águila.
La tarde de un día de mi cumpleaños.
Dejé que mi demonio se divirtiera:
que buscara en los riscos un lugar para
mearse sobre el mundo,
que destapara la única cerveza que
traje para brindar por sí mismo:
por su gran fuerza y habilidad y
talento.
Le encendí un toque y luego un
cigarro.
Y cuando estaba más mareado lo
encadené de una pata a 1a cruz,
por sólida, no por el símbolo.
Me sentí mucho mejor de inmediato.
Noté que las rocas están pintadas:
nombres de expediciones de amigos que
dejaron pruebas de su paso.
Otros demonios, de otras personas,
clavados a las rocas, abandonados en las sombras.
Una punta en el mundo.
Desde aquí les grito a mis mujeres que
las amo con locura.
Les doy gracias a todos mis amigos por
quererme tanto.
Como un ñoño le mando besos a mi mami
y a mi papi.
Una señal, grito. Todo esto debe tener
un significado, grito.
Y aparecen dos águilas que se ponen a
hacer giros frente a mi. Responden mis silbidos.
Me siento tan libre pero tan pequeño
que de pronto ya estoy llorando.
No me hubiera atrevido a hacer todo
este drama si hubiera venido alguien más.
Aligerado empecé el descenso.
Pasando las 2 de la tarde queda esta
cara de la montaña en la sombra.
Hay un aullido del viento que tal vez
sea ese demonio que llora. O que se burla.
No quiero que mi amigo Marco espere
mucho tiempo, así que me apresuro a bajar.
Me divierto mucho. Me dejo resbalar por
caudales de lodo y me sujeto con manos y pies de las paredes rocosas.
Salto como cabra.
En algún momento veo a Marco muy
adelante de mi, así que me apuro más.
El zangoloteo me hace entrar en calor.
Cuando llego al abrevadero dos niñas
me miran como si viniera de otro planeta.
Ellas están forradas de pies a cabeza
con chamarras y gorros y bufandas.
Yo vengo en lycras y camiseta,
chorreando de sudor. Mi cuerpo echa humo.
Marco no está.
Poco a poco me voy enfriando, se
normaliza mi respiración y mi ritmo cardiaco. Estiro los músculos
de mis piernas. Me voy poniendo poco a poco la ropa, para no
enfriarme demasiado y tampoco sudar la ropa hasta que quede mojada.
Pero es muy rápido el proceso. La
temperatura desciende muy aprisa.
En cambio los minutos pasan muy lento.
Chiflo con todas mis fuerzas. Cada par
de minutos.
Nadie responde.
Baja 1 par de caminantes que no han
visto a Marco.
Las 4, las 5. Pensé, si dan las 6
habrá que pedir auxilio.
Como a las 5.30 llamó Marco por el
celular. Por fin había logrado salir a la carretera medio kilómetro
más arriba, después de un aterrador descenso a manos y dientes por
una barranca.
Venía raspado, hambriento y
deshidratado.
El demonio me perdió, me dijo. Había
barrancas por todos lados.
¿Mi demonio? ¿Se habrá soltado de la
cadena que le puse?
Bajamos por la carretera ya con las
luces encendidas.
Desde lo alto del Ajusco nos gritaba
groserías la tormenta.
Wow!! Que impresionante...
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