20.2.12

Simpatía por el diablo - 1 : Ajusco


Llegué al Pico del Águila la tarde del día de mi cumpleaños treintayonce.
Vine por una manda-paseo-peregrinación.
No se para qué me trepo a una montaña,
pero puedo explicarlo así:
capturé un demonio.
Llámalo compulsión, malhábito, vicio.
Una comezón irrascable que di por desaparecida hace años.
Creí que había resultado bien el exorcismo
(llámalo terapia, disciplina o medicina),
y que me lo encuentro como si nada un día.
Sentado en mi cabeza, fumando y burlándose de mi.

Soy un drogadicto, doctor,
necesito mis sustancias para lubricar la realidad
y que no me irrite al pasar por mi cuello.
Sustancias para liberar de angustia a la agenda,
para arrancarle a la chequera su ideación suicida,
para que el caos del universo no me parezca tan confuso
o no me importe.

Desperté antes del amanecer con una señora casada
que me dijo que era su aniversario de bodas.
Felicíteme a su marido, le dije.
Recibí mi cumpleaños en el traje de piel
que me regaló mi mami cuando nací.
Es de buena suerte, me dijo mi novia más principal
que se levantó a bañarse conmigo, aunque no le hace falta:
ella no se ensucia.
Mi novia es tan sabrosa que suda aceite de oliva.
Antes de irme me pasé a despedir de mi esposa,
que antes de dormirse otro ratito me dijo,
te regalo esa montaña y todo lo que veas desde allá arriba.


Esposa tramposa: no se puede regalar un regalo:
yo ya te había regalado la luna.

Convoqué canchanchanes.
Malandros, grité,
vengan a jugar con mi regalo de cumpleaños.
No llegó nadie a la cita. Chale, me dije.
Odio mi cumpleaños y mi cumpleaños me odia, pensé.
En algún rincón de mi cabeza se burló mi demonio.

Todavía estaba oscuro cuando empecé el camino,
atribuyendo todo pensamiento negativo al diablo preso
que sabe que será abandonado allá arriba.

El sol salió antes de que se escondiera la luna llena.
Parado en Santo Domingo me pareció una escena de romance,
la luna y el sol a cada lado del horizonte.
En lo que estaba mirando me alcanzó mi amigo Marco en lo alto de la loma de la av. Aztecas.
Acompañado cruzamos el Pedregal ya con luz de día y atacamos la despiadada subida de la carretera Picacho – Ajusco.
2 horas más o menos tardamos en atravesar los dolorosos 18 kilómetros y medio hasta llegar al abrevadero.
Desayunamos. Entraron llamadas para felicitarme. Me dijeron: disfruta tu montaña. Ese es mi regalo, qué curioso. Un tiempo para mi solo.
Después del desayuno se me antoja un cigarro. Se que es mi demonio, pero lo dejo salir. Le concedo su capricho, como al condenado. De inmediato vuelven los pensamientos negativos:
hace 1 semana asaltaron a un grupo grande de alpinistas rumbo al Pico del Águila. No tiene sentido, no vale la pena, es muy arriesgado.
Cierro los ojos respiro, y un paso tras otro, empiezo a caminar para arriba.
Escucho mi respiración, mis pulmones y los sonidos del bosque.
Venir con Marco, que es biólogo, es como venir con guía de turistas: lee la altura por las plantas. Describe sus propiedades y su antigüedad. Habla con sabiduría sobre el sistema organizativo del musgo.
Conforme ascendemos por el costado de la montaña vamos quedando rodeados de sobrevivientes: flores de las nieves, helechos, pinos.
A 20 minutos de la cima Marco se detiene y dice que está cansado, pero yo no le creo.
Creo que quiere dejarme solo con mi demonio. Dice que sus zapatos son muy resbalosos para el último tramo. Que comienza el descenso. Que nos vemos abajo.
Le doy las llaves de la cadena para que no tenga que esperarme cuando llegue abajo. Sigue el borde del barranco, le dije.
Y seguí.
La última parte es más rocosa. Se usan pies y manos.
El aire es más tenue y se respira más rápido.
Sofocado, empapado en sudor pese al viento helado,
pronto estuve en lo más alto del Pico del Águila.
La tarde de un día de mi cumpleaños.
Dejé que mi demonio se divirtiera:
que buscara en los riscos un lugar para mearse sobre el mundo,
que destapara la única cerveza que traje para brindar por sí mismo:
por su gran fuerza y habilidad y talento.
Le encendí un toque y luego un cigarro.
Y cuando estaba más mareado lo encadené de una pata a 1a cruz,
por sólida, no por el símbolo.
Me sentí mucho mejor de inmediato.
Noté que las rocas están pintadas:
nombres de expediciones de amigos que dejaron pruebas de su paso.
Otros demonios, de otras personas, clavados a las rocas, abandonados en las sombras.
Una punta en el mundo.
Desde aquí les grito a mis mujeres que las amo con locura.
Les doy gracias a todos mis amigos por quererme tanto.
Como un ñoño le mando besos a mi mami y a mi papi.
Una señal, grito. Todo esto debe tener un significado, grito.
Y aparecen dos águilas que se ponen a hacer giros frente a mi. Responden mis silbidos.
Me siento tan libre pero tan pequeño que de pronto ya estoy llorando.
No me hubiera atrevido a hacer todo este drama si hubiera venido alguien más.

Aligerado empecé el descenso.
Pasando las 2 de la tarde queda esta cara de la montaña en la sombra.
Hay un aullido del viento que tal vez sea ese demonio que llora. O que se burla.
No quiero que mi amigo Marco espere mucho tiempo, así que me apresuro a bajar.
Me divierto mucho. Me dejo resbalar por caudales de lodo y me sujeto con manos y pies de las paredes rocosas. Salto como cabra.
En algún momento veo a Marco muy adelante de mi, así que me apuro más.
El zangoloteo me hace entrar en calor.
Cuando llego al abrevadero dos niñas me miran como si viniera de otro planeta.
Ellas están forradas de pies a cabeza con chamarras y gorros y bufandas.
Yo vengo en lycras y camiseta, chorreando de sudor. Mi cuerpo echa humo.
Marco no está.
Poco a poco me voy enfriando, se normaliza mi respiración y mi ritmo cardiaco. Estiro los músculos de mis piernas. Me voy poniendo poco a poco la ropa, para no enfriarme demasiado y tampoco sudar la ropa hasta que quede mojada.
Pero es muy rápido el proceso. La temperatura desciende muy aprisa.
En cambio los minutos pasan muy lento.
Chiflo con todas mis fuerzas. Cada par de minutos.
Nadie responde.
Baja 1 par de caminantes que no han visto a Marco.
Las 4, las 5. Pensé, si dan las 6 habrá que pedir auxilio.
Como a las 5.30 llamó Marco por el celular. Por fin había logrado salir a la carretera medio kilómetro más arriba, después de un aterrador descenso a manos y dientes por una barranca.
Venía raspado, hambriento y deshidratado.
El demonio me perdió, me dijo. Había barrancas por todos lados.
¿Mi demonio? ¿Se habrá soltado de la cadena que le puse?
Bajamos por la carretera ya con las luces encendidas.
Desde lo alto del Ajusco nos gritaba groserías la tormenta.

3 comentarios:

tenkiu