
Llegué tarde, para variar. Espero que a mi funeral también llegue con retraso. El contingente ya había salido de la Facultad de Filosofía. No creí que fueran a salir puntualmente a las 9.30. Estuvo bien porque pasé a echar una mirada a la Okupa – Ché, que bulle de actividad ante el inminente desalojo. Me supongo que Liliana por aquí pedaleó: Supongo que todo ciclista chilango pedalea tarde que temprano todo Ciudad Universitaria. Hasta la ciclopista que es tan peligrosa. ¡Está llena de universitarios enamorados y pachecos que pasean como si fueran inmortales!
El caso es que llegué tarde y sólo salí de la Universidad a la calle, avenida Universidad, una cómoda bajada, con enorme riesgo, sobre todo gracias a los conductores chilangos que cuando los rebasa una bicicleta sienten comprometido su status de automovilistas y compiten.
Pronto te encontrarás el cruce con el Eje 10, donde debes tener mucho cuidado. Grita, escupe, patea... todos los autos, camiones y taxistas dan vuelta a la derecha. Nadie hace caso del semáforo que de por sí no tiene contemplado un espacio para peatones, no se diga para bicicletas.
Reloj en mano, tienes 8 segundos para cruzar los ocho carriles.
Si sobreviviste, sigue el trozo habitacional de Av. Universidad. El carril de la derecha se comparte entre autobuses RTP, microbuses y autos estacionados que a esta hora, precisamente, abren las puertas de los coches con total confianza. Las bicicletas son invisibles. No tienen lugar. Queda al libre criterio del bici piloto con apoyo de las leyes de gravedad porque pese a algunos leves columpios, todo sigue de bajada.
Llegaras, con suerte, a la fuente de los Coyotes, que cada vez se hace más pequeña para hacer más espacio para los autos. Ahí entronca Av. Universidad con Miguel Angel de Quevedo. Está la estación de Metro Miguel Ángel. Paraderos de autobuses, el camino más directo al Metro Taxqueña.
El reglamento de tránsito dice que se permiten vueltas a la derecha con precaución. Las glorietas entonces se vuelven una paradoja: todo es dar vuelta a la derecha. No hay semáforo que valga. En horas pico es más sencillo cruzar por aquí en bicicleta: los coches están parados.
En adelante vuelve a quedar despejado el carril de la derecha. Sólo tenemos que compartirlo con transporte público y alguno que otro(a) coyoacano(a) que necesita llegar a tiempo y rebasa estilo Acapulco: por donde sea posible.
Esta parte hay que tener los oídos bien abiertos: como sigue siendo una leve bajada los coches casi no hacen ruido. Además vengo ensordecido por la claxonera de la glorieta.
Hay una iglesa muy bonita y un puente de piedra. Después empieza el rio Nilo (ni lo huelas). Un tubo de desagüe. Al pasar por aquí trato de no respirar profundo, porque apesta a caño.
Un poco más adelante, por el lado izquierdo entronca la Av. Altavista como ramal de un río. Aunque ya eran más de las diez de la noche, una tromba de autos pasan a las carreras sin considerar que alguno pueda equivocarse. Unos metros más adelante dan vuelta a la derecha sobre Av. Progreso. Otra vez, alerta: le doy de manazos a una camioneta que se resiste a dejarme pasar. Un golpe en el techo de su camioneta y se vuelve una señora que pide perdón y cede el paso. Por Av. Progreso también vienen autos desesperados. Unos siguen de frente sobre Vito Alessio Robles, otros hacen una “S” para tomar Av. Universidad a la derecha y de inmediato a la izquierda por Minerva. Los peseros y camiones tienen prisa por seguir por Av. Universidad y llegar primero a los paraderos del M. Viveros. Puedo cruzar gracias al “Cañón Sónico”, una bocina que se infla a presión en la gasolinería y produce un golpe sonoro que se escucha fuerte, incluso dentro de los autos blindados con superestéreos. Casi siempre quien lo escucha se paraliza. El día que lo probé hasta me arrancó unas lagrimitas.
El M. Viveros es fácil comparado con lo anterior: sólo es un kilómetro en que la línea blanca se vuelve tu carril, si vienes solita en bicicleta. Por tu derecha el transporte público. Por tu izquiera el transporte privado. Una de dos: si eres un campeón del ciclismo puedes intentar ir por encima de los 30 kilómetros por hora y dejarlos a todos atrás, como cuando un jet vuela por encima de una tormenta, o lentear, y dejarlos pasar. Te darás cuenta que son una docena de autos que compiten por los primeros lugares frente al siguiente semáforo. La velocidad media es suicida.
Los Viveros de Coyoacán se terminan en una callezuela diminuta, que tiene un pequeño puente que cruza el canal del drenaje. Es desproporcionado el tránsito de la callecucha para su tamaño. Los autos tienen que abrirse camino por el carril del transporte público, entrar aprisa en la callesucha y frenar brusco para esperar a ver si pueden pasar por el angosto puente. Ah, porque la calle es de doble sentido.
Acá lo mejor es protegerse con un microbús o un camión para cruzar.
Después vienen unas concecionarias de Ford, creo. Otra unidad habitacional estilo bunker. Del lado izquierdo está el hospital López Mateos así que siempre escucharás sirenas, siempre habrá buitres merodeando.
Enseguida está el puente de Río Churubusco. No te pares en el carril de la derecha, porque como la vuelta es contínua, particularmente los taxistas piensan que es legal atropellar a los que andan en bicicleta. Es cosa de criterio, pero yo pienso que es mejor pasarse este semáforo lo antes posible, sobre todo porque después del puente se incorporan los que venían por Churubusco, otra avenida de seis carriles. Office Depot. Y luego Centro Comercial Coyoacán, el Metro Coyoacán y la primera calle de Mayorazgo, que conduce sobre todo a los estacionamientos infinitos de Plaza Coyoacán y del Centro Financiero Bancomer. A las 9, las 3 y las 7 entran y salen encorbatados asesinos ciegos a todo lo que traen al frente, acostumbrados a ver al prójimo como un obstáculo que hay que pasar pronto.
Salen fuerte, echando lámina, para entrar a la Av. Universidad y pegarse a la izquierda, y poder agarrar Gabriel Mancera.
Los que venían por Universidad y se unieron en Churubusco, quierne pegarse a la derecha, tal vez para estacionarse, o quizá para seguirse de frente por Universidad. Todo es una adivinanza. Bancomer prohibió poner crucecitas en su banqueta, de otro modo te darías cuenta de que aquí muere por lo menos un pizzero por semana.
Donde termina el “Centro Ceremonial Financiero Bancomer” está un paso peatonal claramente pintado en el piso, rampas para sillas de ruedas y bicicletas y la calle de Mayorazgo de la Higuera. Del lado izquierdo verás un letrero que marca que es un paso de peatones. Atada en ese letrero hay ahora una bicicleta competamente blanca, con flores y velas, y con mensajes para despedir a Liliana.
Ahí me encontré a los ciclistas: unos cincuenta universitarios, con sus maquinas y luces palpitantes. Algunos reporteros tomaban fotos. Minutos más tarde llegaron los Bicitecas. Deben haber sido unos doscientos. Llegó la policía. Algunos autos mostraron su descontento fueron enfrentados a patadas y pedradas y después todos mostraron respeto.
Un hombre partido en pedazos dijo unas palabras.
Una chamacleta leyó un poema.
Yo como loco empezé a aullar y le ladré a los coches y lloré como un loco.
Denuncié al enemigo, lo señalé con el dedo.
Ahí queda la bici blanca, como fantasma, un muerto más en el remolino.
Para Liliana Castillo